Domingo 31 Mayo 2026

Salmos 117; Hechos 19

LECTURA DIARIA

SALMOS 117:1-2

Alabad a Jehová, naciones todas; Pueblos todos, alabadle. Porque ha engrandecido sobre nosotros su misericordia, Y la fidelidad de Jehová es para siempre. Aleluya.

HECHOS 19:2, 4-6, 11-12, 18-20

les dijo: ¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.

Dijo Pablo: Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús el Cristo. Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús. Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.

Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo, de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían.

Y muchos de los que habían creído venían, confesando y dando cuenta de sus hechos. Asimismo muchos de los que habían practicado la magia trajeron los libros y los quemaron delante de todos; y hecha la cuenta de su precio, hallaron que era cincuenta mil piezas de plata. Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor.

Salmos 117 y Hechos 19 revelan una verdad hermosa y poderosa: nuestro Padre amado desea que todas las personas lo conozcan y que Su Palabra transforme profundamente cada área de la vida. El Salmo 117, aunque es el capítulo más corto de la Biblia, contiene uno de los llamados más grandes: “Alabad a Jehová, naciones todas”. En el pensamiento oriental, esto era impactante porque la bendición de Dios ya no se veía solamente para un pueblo, sino como una invitación universal para que todos conocieran Su misericordia y fidelidad. Y esa verdad se ve manifestada en Hechos 19, donde Pablo llega a Éfeso y la Palabra de Dios comienza a transformar vidas, pensamientos, prácticas y costumbres profundamente arraigadas. Lo más impactante es que muchos creyentes no solo escucharon la verdad, sino que tomaron decisiones concretas para abandonar aquello que competía con Dios en sus corazones. En una ciudad dominada por supersticiones, idolatría y prácticas ocultistas, la Palabra de Dios produjo una transformación tan evidente que afectó incluso la cultura y la economía de la región. Esto enseña algo profundamente práctico: la fe verdadera no consiste únicamente en recibir información espiritual, sino en permitir que la verdad de Dios renueve la mente, transforme las decisiones y produzca cambios visibles en la manera de vivir.

“Así crecía y prevalecía poderosamente la palabra del Señor

(Hechos 19:20).

Velar es examinar continuamente qué cosas están ocupando el lugar que solo le pertenece a Dios; estar firmes es obedecer la verdad aun cuando implique renunciar a hábitos, pensamientos o costumbres arraigadas; y esforzarse en amor es permitir que la transformación que Cristo Jesús produce en el interior también bendiga y edifique a quienes nos rodean. Porque cuando un corazón responde verdaderamente a la Palabra de Dios, no solo cambia su destino, sino también la influencia que deja sobre su familia, su entorno y las generaciones que vienen detrás.

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