Domingo 4 Enero 2026
Salmos 2; Mateo 5: 1 - 12
LECTURA DIARIA
Mateo 5:3, 5-8, 11-12
Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros.
"En Mateo 5, Cristo Jesús revela el corazón del Reino a través de Su propia vida. Él no enseña desde la teoría, sino desde lo que Él mismo es: humilde, manso, justo, misericordioso, limpio de corazón, pacificador y fiel aun en medio del rechazo. Estas bienaventuranzas no describen debilidad, sino una fortaleza interior que permanece firme cuando el mundo presiona. Aquí vemos a un Señor sobrio, despierto y totalmente alineado con la voluntad del Padre, mostrando que la verdadera firmeza no nace de la dureza, sino de una vida rendida a Dios. El creyente que sigue este modelo no vive reaccionando al entorno, sino velando su corazón, afirmado en la verdad y fortalecido en una fe que no se enfría, tal como nos llama 1 Corintios 16:13."
Al comenzar este año, Cristo Jesús nos recuerda que el camino del creyente no empieza con fuerza humana, sino con un corazón alineado. Bienaventurados los que reconocen su necesidad de Dios, los que lloran delante de Él, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia; porque ahí es donde el Reino se manifiesta. Vivir las bienaventuranzas no es debilidad, es valentía espiritual: elegir la misericordia cuando el mundo endurece, guardar pureza cuando otros negocian la verdad, y permanecer firmes aun cuando haya oposición. Este año caminamos con una fe despierta, no buscando aplausos, sino agradar a Dios, sabiendo que la recompensa verdadera viene de Él.


