Domingo 8 Febrero 2026

Salmos 27; Mateo 16

LECTURA DIARIA

Salmos 27:1, 3-4, 8, 13-14

Jehová es mi luz y mi salvación; ¿de quién temeré? Jehová es la fortaleza de mi vida; ¿de quién he de atemorizarme?

Aunque un ejército acampe contra mí, No temerá mi corazón; Aunque contra mí se levante guerra, Yo estaré confiado. Una cosa he demandado a Jehová, esta buscaré; Que esté yo en la casa de Jehová todos los días de mi vida, Para contemplar la hermosura de Jehová, y para inquirir en su templo.

Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro. Tu rostro buscaré, oh Jehová;

Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová En la tierra de los vivientes. Aguarda a Jehová; Esfuérzate, y aliéntese tu corazón; Sí, espera a Jehová.

Mateo 16:15-17, 23-24

Él les dijo: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos.

Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres. Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame.

Salmos 27 y Mateo 16 nos confrontan con una verdad clave: la firmeza espiritual nace cuando nuestra mirada está puesta en Dios y no en las circunstancias, ni en la opinión de los hombres. David declara que el Señor es su luz, su salvación y su fortaleza, por lo que decide no temer y anhelar una sola cosa: habitar en la presencia de Dios y contemplar su hermosura, entendiendo que allí se afirma el corazón y se aprende a esperar con valentía. En Mateo 16, Jesucristo lleva esta verdad más profundo al enseñar que el verdadero discernimiento no viene de la carne ni de la lógica humana, sino de la revelación del Padre; por eso Pedro confiesa correctamente quién es Cristo Jesús, pero luego tropieza cuando piensa según los hombres y no según Dios. Ambos pasajes nos despiertan a velar espiritualmente, a permanecer firmes en la fe aun cuando haya oposición, a discernir cuándo hablamos desde el Espíritu y cuándo desde la carne, y a entender que seguir a Cristo Jesús implica negarnos a nosotros mismos, tomar la cruz y caminar con amor, obediencia y convicción. Así, estos capítulos nos alinean con el llamado de 1 Corintios 16:13–14: vivir alertas, firmes, esforzados y haciendo todas las cosas con amor, no desde el temor ni desde emociones pasajeras, sino desde una fe madura y revelada.