Jueves 19 Febrero 2026

Mateo 20

LECTURA DIARIA

Mateo 20:1-2, 15-16, 20-21, 25-28, 30, 32-34

Porque el reino de los cielos es semejante a un hombre, padre de familia, que salió por la mañana a contratar obreros para su viña. Y habiendo convenido con los obreros en un denario al día, los envió a su viña.

¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío? ¿O tienes tú envidia, porque yo soy bueno? Así, los primeros serán postreros, y los postreros, primeros; porque muchos son llamados, mas pocos escogidos.

Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, postrándose ante él y pidiéndole algo. Él le dijo: ¿Qué quieres? Ella le dijo: Ordena que en tu reino se sienten estos dos hijos míos, el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda.

Entonces Jesús, llamándolos, dijo: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo; como el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.

Y dos ciegos que estaban sentados junto al camino, cuando oyeron que Jesús pasaba, clamaron, diciendo: ¡Señor, Hijo de David, ten misericordia de nosotros!

Y deteniéndose Jesús, los llamó, y les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Señor, que sean abiertos nuestros ojos. Entonces Jesús, compadecido, les tocó los ojos, y en seguida recibieron la vista; y le siguieron.

"En Mateo 20, Cristo Jesús desarma la lógica humana al enseñar que en el Reino no se vive por comparación ni por méritos acumulados, sino por la gracia soberana de nuestro Padre; en la parábola de los obreros revela que el corazón debe guardarse de la envidia y la competencia, luego confronta la ambición de posiciones mostrando que la verdadera grandeza no está en dominar sino en servir, y establece Su propia vida como el modelo supremo, pues vino no para ser servido sino para dar Su vida en rescate por muchos; finalmente honra la perseverancia de los ciegos que claman sin rendirse, evidenciando que la fe firme y constante recibe respuesta; este capítulo nos llama a mantenernos espiritualmente despiertos, estables en convicciones, maduros en carácter y constantes en amor, entendiendo que la fuerza del creyente no está en buscar reconocimiento, sino en servir con humildad y permanecer fieles al propósito de Dios aun cuando nadie esté mirando.