Jueves 23 Abril 2026

Hechos 3

LECTURA DIARIA

HECHOS 3:1-3, 6-8, 12, 16, 19, 26

Pedro y Juan subían juntos al templo a la hora novena, la de la oración. Y era traído un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del templo que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna de los que entraban en el templo. Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el templo, les rogaba que le diesen limosna.

Mas Pedro dijo: No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos; y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el templo, andando, y saltando, y alabando a Dios.

Viendo esto Pedro, respondió al pueblo: Varones israelitas, ¿por qué os maravilláis de esto?, ¿o por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este?

Y por la fe en su nombre, a este, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.

Así que, arrepentíos y convertíos, para que sean borrados vuestros pecados; para que vengan de la presencia del Señor tiempos de refrigerio,

A vosotros primeramente, Dios, habiendo levantado a su Hijo, lo envió para que os bendijese, a fin de que cada uno se convierta de su maldad.

En Hechos de los Apóstoles 3 se revela una verdad que confronta y edifica: el hombre cojo estaba todos los días en la puerta del templo, es decir, cerca de lo espiritual pero sin vivir su realidad. En el pensamiento oriental, la puerta representa acceso, pero también límite: puedes quedarte ahí toda la vida sin entrar. Y eso pasa hoy cuando se escucha la Palabra, pero no se vive. Cuando Pedro declara “lo que tengo te doy”, está mostrando que la vida de Cristo Jesús en nosotros no es teoría, es realidad activa que transforma; no dependía de recursos externos, sino de lo que ya había recibido de nuestro Padre amado. Y cuando lo levanta, el hombre no solo es sanado, sino que cambia su posición: ya no está en la puerta, ahora entra, camina, salta y adora. Esto es clave: el verdadero encuentro con Dios siempre produce movimiento, evidencia, cambio visible.

Luego, cuando se habla de arrepentimiento, no es solo sentir tristeza, es cambiar la manera de pensar para alinearse completamente con la verdad de Dios, dejando de vivir como alguien limitado para caminar como hijo.

Estar firmes es dejar la mentalidad de escasez espiritual.

Velar es estar conscientes de quiénes somos en Cristo Jesús.

Esforzarnos en amor es actuar, movernos, obedecer aunque cueste.

Nuestro Padre amado ya hizo la provisión completa en Cristo Jesús. La diferencia está en si la persona se queda esperando en la puerta o decide levantarse y caminar. Hoy es el día de dejar la pasividad, afirmarse en la verdad y vivir firme, vigilante y esforzado en amor, reflejando una vida transformada que otros puedan ver.