Jueves 30 Julio 2026
Romanos 15
LECTURA DIARIA


ROMANOS 15:1-7, 13, 20
Así que, los que somos fuertes debemos soportar las flaquezas de los débiles, y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo en lo que es bueno, para edificación. Porque ni aun Cristo se agradó a sí mismo; antes bien, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban, cayeron sobre mí. Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras, tengamos esperanza. Pero el Dios de la paciencia y de la consolación os dé entre vosotros un mismo sentir según Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por tanto, recibíos los unos a los otros, como también Cristo nos recibió, para gloria de Dios.
Y el Dios de esperanza os llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundéis en esperanza por el poder del Espíritu Santo.
Y de esta manera me esforcé a predicar el evangelio, no donde Cristo ya hubiese sido nombrado, para no edificar sobre fundamento ajeno.
Romanos 15 nos recuerda que la evidencia de una iglesia madura no está en la cantidad de conocimiento que posee, sino en la forma en que sus miembros se aman, se sostienen y caminan juntos hacia Cristo Jesús. Pablo invita a quienes han sido fortalecidos por la gracia a cargar las debilidades de los más frágiles, porque en el pensamiento oriental la fortaleza nunca era un motivo de superioridad, sino una responsabilidad de cuidado; el que era fuerte protegía al débil para que ninguno quedara atrás en el camino. Entonces dirige nuestra mirada al ejemplo perfecto: Cristo no vivió para complacerse a Sí mismo, sino para entregar Su vida por amor, enseñándonos que la verdadera grandeza siempre desciende para levantar a otros. Después nos conduce a las Escrituras, mostrando que Dios ha venido formando a Su pueblo a lo largo de toda la historia; cada promesa, cada desafío, cada palabra inspirada ha tenido el propósito de producir un corazón perseverante, una esperanza inquebrantable y una fe que permanece firme aun en medio de la espera. El apóstol también derriba toda barrera que separaba a judíos y gentiles, revelando que desde el principio el deseo del Padre amado fue reunir en Cristo Jesús una sola familia que alabara Su nombre con un mismo corazón y una misma voz. Finalmente abre su propio corazón y deja ver que quien ha sido alcanzado por la gracia ya no vive para conservar ese regalo únicamente para sí, sino que siente el anhelo de que otros también conozcan a nuestro Salvador.
Mientras aguardamos fielmente el retorno de nuestro Señor, no estamos llamados a competir, compararnos o caminar aislados, sino a edificarnos mutuamente, consolarnos, soportarnos con paciencia y animarnos a perseverar hasta el final. Permanecer velando, firmes en la fe, fortalecidos en la gracia y haciendo todas las cosas con amor significa convertirnos en una comunidad donde el cansado encuentre descanso, el débil reciba fuerzas, el que tropieza encuentre una mano que lo levante y todos juntos reflejemos el carácter de Cristo. Porque cuando la Iglesia vive de esta manera, el mundo no solo escucha la Palabra de Dios; puede contemplarlo hecho vida en un cuerpo unido por el amor, sostenido por la gracia y preparado para recibir con gozo el glorioso retorno de nuestro Señor Jesucristo.
