Lunes 13 Julio 2026

Levítico 25

LECTURA DIARIA

LEVÍTICO 25:2-4, 10, 14, 17, 23, 35, 38, 55

Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando hayáis entrado en la tierra que yo os doy, la tierra guardará reposo para Jehová. Seis años sembrarás tu tierra, y seis años podarás tu viña y recogerás sus frutos. Pero el séptimo año la tierra tendrá descanso, reposo para Jehová; no sembrarás tu tierra, ni podarás tu viña.

Y santificaréis el año cincuenta, y pregonaréis libertad en la tierra a todos sus moradores; ese año os será de jubileo, y volveréis cada uno a vuestra posesión, y cada cual volverá a su familia.

Y cuando vendiereis algo a vuestro prójimo, o comprareis de mano de vuestro prójimo, no engañe ninguno a su hermano. Y no engañe ninguno a su prójimo, sino temed a vuestro Dios; porque yo soy Jehová vuestro Dios.

La tierra no se venderá a perpetuidad, porque la tierra mía es; pues vosotros forasteros y extranjeros sois para conmigo.

Y cuando tu hermano empobreciere y se acogiere a ti, tú lo ampararás; como forastero y extranjero vivirá contigo.

Yo Jehová vuestro Dios, que os saqué de la tierra de Egipto, para daros la tierra de Canaán, para ser vuestro Dios.

Porque mis siervos son los hijos de Israel; son siervos míos, a los cuales saqué de la tierra de Egipto. Yo Jehová vuestro Dios.

Levítico 25 nos revela que Dios no solo se interesa por la adoración de Su pueblo, sino también por la manera en que vive, trabaja y se relaciona con los demás. El año sabático y el Año del Jubileo enseñaban que la tierra, los bienes y aun la vida pertenecían al Señor. En el pensamiento oriental, dejar descansar la tierra y devolver las propiedades no era una pérdida, sino una declaración de confianza: el pueblo reconocía que Dios era el verdadero dueño y el proveedor fiel. El Jubileo también restauraba la libertad y devolvía la herencia a las familias, mostrando que el propósito de Dios siempre ha sido la restauración y no la opresión permanente.

Una vida fortalecida por la gracia aprende a descansar en la provisión de Dios, a vivir sin aferrarse a lo material y a extender misericordia a los demás. Mientras aguardamos el retorno de Cristo Jesús, permanezcamos firmes en santidad, confiando en que nuestro Padre amado sigue siendo el dueño de todo cuanto somos y tenemos. Porque cuando reconocemos Su señorío, dejamos de vivir gobernados por el miedo, la ansiedad o el afán, y aprendemos a caminar en la libertad, la generosidad y la esperanza que nacen de saber que Dios siempre cumple Sus promesas.

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