Lunes 15 Junio 2026
Levítico 9 y 10
LECTURA DIARIA


LEVÍTICO 9:6, 23-24
Entonces Moisés dijo: Esto es lo que mandó Jehová; hacedlo, y la gloria de Jehová se os aparecerá.
Y entraron Moisés y Aarón en el tabernáculo de reunión, y salieron y bendijeron al pueblo; y la gloria de Jehová se apareció a todo el pueblo. Y salió fuego de delante de Jehová, y consumió el holocausto con las grosuras sobre el altar; y viéndolo todo el pueblo, alabaron, y se postraron sobre sus rostros.
LEVÍTICO 10:1-3, 9-11
Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de Jehová fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de Jehová y los quemó, y murieron delante de Jehová. Entonces dijo Moisés a Aarón: Esto es lo que habló Jehová, diciendo: En los que a mí se acercan me santificaré, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado. Y Aarón calló.
Tú, y tus hijos contigo, no beberéis vino ni sidra cuando entréis en el tabernáculo de reunión, para que no muráis; estatuto perpetuo será para vuestras generaciones, para poder discernir entre lo santo y lo profano, y entre lo inmundo y lo limpio, y para enseñar a los hijos de Israel todos los estatutos que Jehová les ha dicho por medio de Moisés.
*En Levítico 9 y 10 encontramos un contraste poderoso entre la obediencia que honra a Dios y la irreverencia que ignora Sus instrucciones. En el capítulo 9, después de que Aarón y los sacerdotes obedecen cuidadosamente lo que Dios había establecido, la gloria de Jehová se manifiesta delante del pueblo y fuego sale de Su presencia para consumir la ofrenda. Esto muestra que Dios se complace cuando Su pueblo se acerca a Él con fe, reverencia y obediencia. Sin embargo, en el capítulo 10, Nadab y Abiú presentan un fuego que Dios no había ordenado, actuando según su propio criterio en lugar de seguir la dirección de Dios. El problema no fue simplemente el fuego, sino un corazón que colocó su propia iniciativa por encima de la voluntad de Dios. En el pensamiento oriental, acercarse a la presencia de Dios era un privilegio santo que requería respeto, sensibilidad y sumisión. Estos capítulos nos enseñan que no basta con tener buenas intenciones; también es necesario caminar conforme a la dirección de Dios.* Mientras aguardamos el retorno de Cristo Jesús, somos llamados a caminar por fe con un corazón humilde y enseñable, permitiendo que la Palabra de Dios dirija nuestras decisiones. Porque la verdadera firmeza espiritual no consiste en hacer las cosas a nuestra manera para Dios, sino en aprender a honrarlo mediante una obediencia reverente que nace del amor, la confianza y el reconocimiento de Su autoridad sobre nuestra vida.
La gloria de Dios se manifestó cuando Aarón obedeció Sus instrucciones, pero la tragedia llegó cuando Nadab y Abiú actuaron según su propio criterio. Esto nos recuerda que la vida espiritual no se sostiene sobre emociones, tradiciones o iniciativas personales, sino sobre una relación de obediencia y reverencia hacia nuestro Padre amado. Mientras aguardamos el retorno de Cristo Jesús, procuremos mantener un corazón sensible a Su dirección, permitiendo que la Palabra de Dios gobierne nuestras decisiones. Porque quien permanece contemplando la fidelidad y grandeza de nuestro Padre amado deja de vivir distraído o endurecido, y comienza a caminar con un corazón sensible, agradecido y firme, reflejando cada vez más la sabiduría, paz y carácter de Cristo Jesús.
