Lunes 21 Septiembre 2026

Deuteronomio 26 y 27

LECTURA DIARIA

DEUTERONOMIO 26:5-8, 10-12, 16-17

Entonces hablarás y dirás delante de Jehová tu Dios: Un arameo a punto de perecer fue mi padre, el cual descendió a Egipto y habitó allí con pocos hombres, y allí creció y llegó a ser una nación grande, fuerte y numerosa; y los egipcios nos maltrataron y nos afligieron, y pusieron sobre nosotros dura servidumbre. Y clamamos a Jehová el Dios de nuestros padres; y Jehová oyó nuestra voz, y vio nuestra aflicción, nuestro trabajo y nuestra opresión; y Jehová nos sacó de Egipto con mano fuerte, con brazo extendido, con grande espanto, y con señales y con milagros;

Y ahora, he aquí he traído las primicias del fruto de la tierra que me diste, oh Jehová. Y lo dejarás delante de Jehová tu Dios, y adorarás delante de Jehová tu Dios. Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa, así tú como el levita y el extranjero que está en medio de ti. Cuando acabes de diezmar todo el diezmo de tus frutos en el año tercero, el año del diezmo, darás también al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda; y comerán en tus aldeas, y se saciarán.

Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma. Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz.

DEUTERONOMIO 27:2-3, 8, 10, 17, 19.

Y el día que pases el Jordán a la tierra que Jehová tu Dios te da, levantarás piedras grandes, y las revocarás con cal; y escribirás en ellas todas las palabras de esta ley, cuando hayas pasado para entrar en la tierra que Jehová tu Dios te da, tierra que fluye leche y miel, como Jehová el Dios de tus padres te ha dicho.

Y escribirás muy claramente en las piedras todas las palabras de esta ley.

Oirás, pues, la voz de Jehová tu Dios, y cumplirás sus mandamientos y sus estatutos, que yo te ordeno hoy.

Maldito el que redujere el límite de su prójimo. Y dirá todo el pueblo: Amén.

Maldito el que pervirtiere el derecho del extranjero, del huérfano y de la viuda. Y dirá todo el pueblo: Amén.

Deuteronomio 26 y 27 nos llevan al momento en que el pueblo está a punto de disfrutar aquello que Dios le prometió, y el Padre amado se ocupa de enseñarle algo esencial: recibir la bendición no significa olvidar al que hizo posible el camino. Israel debía presentar las primicias y recordar en voz alta su historia: fue un pueblo afligido, clamó, Dios escuchó, lo liberó y lo condujo hasta una tierra abundante. Al repetir esta historia, el pueblo no solo agradecía por lo que tenía, sino que mantenía viva la memoria de la fidelidad de Dios y reconocía que no había llegado hasta allí por sus propias fuerzas. Esa gratitud debía expresarse en generosidad y en cuidado hacia el extranjero, el huérfano y la viuda. Luego, en el capítulo 27, Dios ordena escribir Su Palabra sobre piedras grandes y levantar un altar, como señal de que Su verdad debía permanecer visible y ocupar el centro de la vida. Las palabras de bendición y maldición confrontaban al pueblo con una realidad: cada decisión abre un camino y toda conducta produce consecuencias, aun cuando otros no la vean. Para el creyente, esta enseñanza nos invita a recordar de dónde nos ha sacado el Padre, reconocer Su mano en lo que hoy disfrutamos y preguntarnos si nuestra manera de vivir demuestra verdadera gratitud. ¿Estamos permitiendo que las circunstancias borren lo que Dios nos enseñó? ¿Nuestra bendición alcanza también a quienes necesitan apoyo? ¿Está Su Palabra escrita en nuestras decisiones, en nuestro hogar y en la forma en que tratamos a los demás? Recordar Su fidelidad debe llevarnos a responder con obediencia, generosidad e integridad. Quien mantiene viva la memoria de lo que Dios ha hecho, cuida mejor aquello que Dios le ha confiado y permanece firme en Su camino.

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