Lunes 28 Septiembre 2026

Deuteronomio 34

LECTURA DIARIA

DEUTERONOMIO 34:1-5, 7-12

Subió Moisés de los campos de Moab al monte Nebo, a la cumbre del Pisga, que está enfrente de Jericó; y le mostró Jehová toda la tierra de Galaad hasta Dan, todo Neftalí, y la tierra de Efraín y de Manasés, toda la tierra de Judá hasta el mar occidental; el Neguev, y la llanura, la vega de Jericó, ciudad de las palmeras, hasta Zoar. Y le dijo Jehová: Esta es la tierra de que juré a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: A tu descendencia la daré. Te he permitido verla con tus ojos, mas no pasarás allá. Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová.

Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés. Y Josué hijo de Nun fue lleno del espíritu de sabiduría, porque Moisés había puesto sus manos sobre él; y los hijos de Israel le obedecieron, e hicieron como Jehová mandó a Moisés. Y nunca más se levantó profeta en Israel como Moisés, a quien haya conocido Jehová cara a cara; nadie como él en todas las señales y prodigios que Jehová le envió a hacer en tierra de Egipto, a Faraón y a todos sus siervos y a toda su tierra, y en el gran poder y en los hechos grandiosos y terribles que Moisés hizo a la vista de todo Israel.

Deuteronomio 34 es un cierre precioso: termina la historia de Moisés, pero deja claro que la fidelidad de Dios no termina cuando termina una etapa. Moisés sube al monte, contempla con sus ojos la tierra prometida y allí termina su recorrido. Hay algo profundamente humano en esta escena: pudo ver aquello hacia lo cual había caminado, aunque no fue él quien introdujo al pueblo en la siguiente etapa. Sin embargo, el capítulo no termina con lo que Moisés no alcanzó a hacer, sino con la fidelidad de Dios y con Josué levantándose para continuar la misión. «Y Moisés era de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor». Su etapa terminó, pero el propósito de Dios continuó. Esto nos enseña que no debemos medir la fidelidad de Dios únicamente por lo que alcanzamos a ver o completar; algunas veces nuestra responsabilidad es caminar fielmente hasta donde Dios nos ha permitido llegar y confiarle a Él lo que continúa después. Moisés dejó una huella de obediencia, Josué recibió el relevo y el pueblo siguió avanzando.

Para el creyente y para la Iglesia, esta verdad es profundamente práctica: hay temporadas que terminan, personas que cambian de posición, circunstancias que se cierran y caminos que toman otra dirección, pero Dios permanece. Nuestra seguridad no está en una etapa, en una posición, en una persona ni en lo que podemos controlar, sino en el Padre amado que permanece fiel. Por eso, cuando algo termina, no necesitamos quedarnos detenidos mirando lo que quedó atrás; podemos agradecer por lo vivido, guardar lo aprendido y continuar avanzando con una mente renovada y un corazón firme. Una etapa puede cerrarse sin que el propósito de Dios se cierre. La obra continúa porque Dios continúa obrando. Así como Josué se levantó para avanzar después de Moisés, también el Cuerpo de Cristo está llamado a permanecer firme, tomar lo que ha recibido, caminar en obediencia y seguir llevando adelante aquello que Dios ha puesto delante. No todo lo que comenzamos nos corresponde terminarlo, pero sí nos corresponde ser fieles mientras caminamos. Y mientras aguardamos el glorioso retorno de Cristo Jesús, podemos descansar en esta certeza: aunque cambien las etapas, los escenarios y las personas, el Dios que sostuvo nuestro ayer sigue sosteniendo nuestro hoy y seguirá siendo fiel en lo que viene.

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