Lunes 5 Octubre 2026
Josué 7 y 8
LECTURA DIARIA


JOSUÉ 7:2, 5, 7, 10-11, 13, 20-21
Después Josué envió hombres desde Jericó a Hai, que estaba junto a Bet-avén hacia el oriente de Bet-el; y les habló diciendo: Subid y reconoced la tierra. Y ellos subieron y reconocieron a Hai.
Y los de Hai mataron de ellos a unos treinta y seis hombres, y los siguieron desde la puerta hasta Sebarim, y los derrotaron en la bajada; por lo cual el corazón del pueblo desfalleció y vino a ser como agua.
Y Josué dijo: ¡Ah, Señor Jehová! ¿Por qué hiciste pasar a este pueblo el Jordán, para entregarnos en las manos de los amorreos, para que nos destruyan? ¡Ojalá nos hubiéramos quedado al otro lado del Jordán!
Y Jehová dijo a Josué: Levántate; ¿por qué te postras así sobre tu rostro? Israel ha pecado, y aun han quebrantado mi pacto que yo les mandé; y también han tomado del anatema, y hasta han hurtado, han mentido, y aun lo han guardado entre sus enseres.
Levántate, santifica al pueblo, y di: Santificaos para mañana; porque Jehová el Dios de Israel dice así: Anatema hay en medio de ti, Israel; no podrás hacer frente a tus enemigos, hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros.
Y Acán respondió a Josué diciendo: Verdaderamente yo he pecado contra Jehová el Dios de Israel, y así y así he hecho. Pues vi entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata, y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos, lo cual codicié y tomé; y he aquí que está escondido bajo tierra en medio de mi tienda, y el dinero debajo de ello.
JOSUÉ 8:1, 17-18, 22, 30-31
Jehová dijo a Josué: No temas ni desmayes; toma contigo toda la gente de guerra, y levántate y sube a Hai. Mira, yo he entregado en tu mano al rey de Hai, a su pueblo, a su ciudad y a su tierra.
Y no quedó hombre en Hai ni en Bet-el, que no saliera tras de Israel; y por seguir a Israel dejaron la ciudad abierta. Entonces Jehová dijo a Josué: Extiende la lanza que tienes en tu mano hacia Hai, porque yo la entregaré en tu mano. Y Josué extendió hacia la ciudad la lanza que en su mano tenía.
Y los otros salieron de la ciudad a su encuentro, y así fueron encerrados en medio de Israel, los unos por un lado, y los otros por el otro. Y los hirieron hasta que no quedó ninguno de ellos que escapase.
Entonces Josué edificó un altar a Jehová Dios de Israel en el monte Ebal, como Moisés siervo de Jehová lo había mandado a los hijos de Israel, como está escrito en el libro de la ley de Moisés, un altar de piedras enteras sobre las cuales nadie alzó hierro; y ofrecieron sobre él holocaustos a Jehová, y sacrificaron ofrendas de paz.
Josué 7 y 8 nos muestran que después de una gran victoria también es necesario permanecer atentos, porque avanzar con Dios no significa dejar de velar. Después de Jericó, Israel se acerca a Hai pensando que sería una batalla sencilla, pero es derrotado; entonces Josué busca al Señor y descubre que había desobediencia dentro del pueblo. En el mundo bíblico, aquello que pertenecía a Dios no podía ser tomado para beneficio personal, porque hacerlo afectaba la relación y la responsabilidad de toda la comunidad. El pecado de Acán revela una secuencia que sigue siendo profundamente actual: «vi… codicié… y tomé»; lo que comenzó en la mirada terminó convirtiéndose en una decisión escondida que trajo consecuencias para muchos. Pero el capítulo 8 muestra algo hermoso: después de confrontar lo que estaba mal, Dios vuelve a decirle a Josué: «No temas, ni desmayes», y le da una nueva estrategia para avanzar. ¡Qué precioso! La corrección no era el final del camino, sino una oportunidad para volver a caminar en obediencia. Al finalizar la batalla, Josué levanta un altar y escribe la ley delante del pueblo: victoria, memoria y Palabra vuelven a ocupar el centro. Para el creyente, estos capítulos nos invitan a preguntarnos con sinceridad: ¿hay algo que estoy permitiendo en secreto que pueda desviar mi corazón?, ¿estoy atento a lo que miro, deseo y decido?, ¿cuando Dios me corrige, me escondo o vuelvo a Él? Nuestro Padre amado no solamente confronta aquello que necesita ser corregido; también restaura, enseña y vuelve a abrir camino. Velar es cuidar el corazón antes de que una pequeña concesión se convierta en un desvío; obedecer es volver a la Palabra y permanecer allí. Así caminamos firmes, con una mente renovada y un corazón dispuesto a seguir adelante en amor mientras aguardamos el retorno de nuestro Señor Jesucristo.


