Martes 24 Febrero 2026

Génesis 33 al 35

LECTURA DIARIA

Génesis 33:1, 3, 10

Alzando Jacob sus ojos, miró, y he aquí venía Esaú, y los cuatrocientos hombres con él; entonces repartió él los niños entre Lea y Raquel y las dos siervas.

Y él pasó delante de ellos y se inclinó a tierra siete veces, hasta que llegó a su hermano.

Y dijo Jacob: No, yo te ruego; si he hallado ahora gracia en tus ojos, acepta mi presente, porque he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios, pues que con tanto favor me has recibido.

Génesis 34:7, 26-27

Y los hijos de Jacob vinieron del campo cuando lo supieron; y se entristecieron los varones, y se enojaron mucho, porque hizo vileza en Israel acostándose con la hija de Jacob, lo que no se debía haber hecho.

Y a Hamor y a Siquem su hijo los mataron a filo de espada; y tomaron a Dina de casa de Siquem, y se fueron. Y los hijos de Jacob vinieron a los muertos, y saquearon la ciudad, por cuanto habían amancillado a su hermana.

Génesis 35:2-3

Entonces Jacob dijo a su familia y a todos los que con él estaban: Quitad los dioses ajenos que hay entre vosotros, y limpiaos, y mudad vuestros vestidos. Y levantémonos, y subamos a Bet-el; y haré allí altar al Dios que me respondió en el día de mi angustia, y ha estado conmigo en el camino que he andado.

En Génesis 33–35, vemos a Jacob caminar en una transformación visible: cuando se encuentra con Esaú, se inclina siete veces un gesto oriental de honra y rendición total mostrando que la verdadera fuerza no es imponerse, sino humillarse con dignidad; la reconciliación refleja que Dios ya había obrado antes en lo invisible. Luego, el episodio de Dina revela el peligro de actuar por impulso y venganza, algo totalmente contrario al dominio propio que el Señor demanda. Finalmente, Dios lo llama a subir a Betel; en la cultura bíblica “subir” implica acercarse a un lugar de encuentro sagrado, y Jacob entiende que no puede presentarse ante Dios con ídolos escondidos, así que purifica su casa antes de edificar altar. Esto se conecta poderosamente con nuestro llamado anual a velar, estar firmes y hacerlo todo con amor: vigilar el corazón antes de reaccionar, mantener firme la fe aun cuando haya conflictos familiares, y limpiar todo aquello que compita con la lealtad a Dios. La firmeza espiritual no es solo resistir ataques externos, es ordenar la casa interior, honrar con actos concretos y permanecer fieles en el pacto, aun después de la victoria.