Martes 8 Septiembre 2026

Deuteronomio 10 y 11

LECTURA DIARIA

DEUTERONOMIO 10:12-13, 17-18

Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma; que guardes los mandamientos de Jehová y sus estatutos, que yo te prescribo hoy, para que tengas prosperidad?

Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho; que hace justicia al huérfano y a la viuda; que ama también al extranjero dándole pan y vestido.

DEUTERONOMIO 11:1, 11-14, 18-21, 26-28, 32

Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás sus ordenanzas, sus estatutos, sus decretos y sus mandamientos, todos los días.

La tierra a la cual pasáis para tomarla es tierra de montes y de vegas, que bebe las aguas de la lluvia del cielo; tierra de la cual Jehová tu Dios cuida; siempre están sobre ella los ojos de Jehová tu Dios, desde el principio del año hasta el fin. Si obedeciereis cuidadosamente a mis mandamientos que yo os prescribo hoy, amando a Jehová vuestro Dios, y sirviéndole con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma, yo daré la lluvia de vuestra tierra a su tiempo, la temprana y la tardía; y recogerás tu grano, tu vino y tu aceite.

Por tanto, pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes, y cuando te levantes, y las escribirás en los postes de tu casa, y en tus puertas; para que sean vuestros días, y los días de vuestros hijos, tan numerosos sobre la tierra que Jehová juró a vuestros padres que les había de dar, como los días de los cielos sobre la tierra.

He aquí yo pongo hoy delante de vosotros la bendición y la maldición: la bendición, si oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, que yo os prescribo hoy, y la maldición, si no oyereis los mandamientos de Jehová vuestro Dios, y os apartareis del camino que yo os ordeno hoy, para ir en pos de dioses ajenos que no habéis conocido.

Cuidaréis, pues, de cumplir todos los estatutos y decretos que yo presento hoy delante de vosotros.

Deuteronomio 10 y 11 revelan a un Padre amado que no se conforma con restaurar las tablas de piedra; Él quiere restaurar el corazón de Su pueblo. Después de la rebelión del becerro de oro, Dios vuelve a entregar Su Palabra y Moisés declara: “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti?”; y la respuesta concentra toda una vida: temerle, andar en Sus caminos, amarle, servirle con todo el corazón y toda el alma, y guardar Sus mandamientos. No son exigencias separadas, sino un mismo movimiento: conocer quién es Dios, caminar con Él,amarle, servirle, obedecerle. Luego llega una de las expresiones más profundas: “Circuncidad, pues, el prepucio de vuestro corazón, y no endurezcáis más vuestra cerviz”. La señal externa debía corresponder con una realidad interior; el problema nunca fue solamente lo que Israel hacía, sino aquello que podía endurecerse dentro de ellos. Y esto adquiere todavía más fuerza cuando Moisés declara que Dios es grande, poderoso y justo, pero también hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al extranjero. Su grandeza no lo aleja del pequeño; al contrario, Su poder se expresa también en cómo cuida al vulnerable. El capítulo 11 continúa con una palabra clave: “Amarás, pues, a Jehová tu Dios, y guardarás siempre sus ordenanzas”. El amor verdadero se demuestra en permanencia. Moisés vuelve a hacer memoria de todo lo que ellos mismos habían visto: Egipto, el mar, el desierto, la disciplina, la provisión y la mano poderosa de Dios. Para ellos, recordar no era simplemente mirar atrás; era mantener viva la evidencia de quién había sido Dios para que el presente no los engañara. Por eso debían enseñar estas palabras a sus hijos y hablar de ellas en la casa, en el camino, al acostarse y al levantarse: la Palabra debía acompañar la vida completa y pasar de una generación a otra. Después aparece un contraste precioso entre Egipto y la tierra prometida: en Egipto el hombre debía esforzarse para llevar agua a la tierra, mientras que en la tierra que Dios daba, los ojos estaban puestos en el cielo, esperando la lluvia. Era una forma muy concreta de enseñarles: no vivan creyendo que todo depende de la fuerza de sus manos; aprendan a levantar los ojos y depender de Dios. Pero también debían velar, porque Moisés advierte que el corazón podía ser engañado y desviarse para servir a otros dioses. Finalmente coloca delante del pueblo bendición y maldición, obediencia y desobediencia, vida y muerte, y les manda escoger. Nuestro Padre amado, les enseñaba a reconocer que cada camino produce una consecuencia y que permanecer cerca de Su Palabra era escoger vida. Así, las tablas restauradas, el corazón sensible, los ojos levantados al cielo, la memoria de las obras de Dios y la enseñanza a los hijos forman una sola historia: Dios restaura, el corazón se vuelve sensible, el pueblo recuerda, escucha ,obedece, permanece. Y allí se encuentra una verdad que atraviesa todo: velar no es vivir con temor, sino amar tanto la presencia y la Palabra de Dios que se permanece atento para no endurecer el corazón ni apartarse del camino. El amor de nuestro Padre se ve en cada detalle: Él restaura después del fracaso, enseña después del error, advierte antes del peligro, provee en el camino y piensa incluso en las generaciones que todavía no han llegado. Su deseo no es simplemente llevar a Sus hijos a una tierra de promesa, sino formar en ellos un corazón que pueda permanecer fiel cuando llegue la abundancia, caminar en amor, guardar Su Palabra y seguir esperando con firmeza a Cristo Jesús.

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