Miércoles 9 Septiembre 2026

Salmos 150

LECTURA DIARIA

SALMOS 150:1-6

Alabad a Dios en su santuario; Alabadle en la magnificencia de su firmamento. Alabadle por sus proezas; Alabadle conforme a la muchedumbre de su grandeza. Alabadle a son de bocina; Alabadle con salterio y arpa. Alabadle con pandero y danza; Alabadle con cuerdas y flautas. Alabadle con címbalos resonantes; Alabadle con címbalos de júbilo. Todo lo que respira alabe a JAH. Aleluya.

Salmos 150 es una culminación: comienza y termina con la misma invitación, “Alabad a Dios”, como si todo el recorrido anterior —dolor, angustia, arrepentimiento, espera, guerra, restauración, provisión y victoria— encontrara finalmente su respuesta en la alabanza. El salmista primero dirige la mirada al lugar santo y a la expansión de Su poder, y luego declara que Dios debe ser alabado por Sus proezas y conforme a la muchedumbre de Su grandeza. No se alaba solamente por lo que se recibió, sino por quién Él es y por lo que Él ha hecho. Después aparecen trompetas, salterio, arpa, pandero, cuerdas, flautas y címbalos; en aquel contexto, estos instrumentos expresaban celebración pública, alegría y participación colectiva. Nadie estaba llamado a ser un espectador: cada uno tenía una voz, un ritmo y una manera de unirse a la celebración. Y el final amplía todavía más el horizonte: “Todo lo que respira alabe a JAH”. La vida misma se convierte en motivo de reconocimiento. Hay un contraste precioso: el salterio comenzó con un hombre enfrentando situaciones concretas y termina con toda criatura respirando delante de su Creador; la mirada pasa de lo que ocurre en la tierra a la grandeza de Dios sobre todas las cosas. Esto enseña que la alabanza no depende de que todo haya salido como se esperaba; nace de haber aprendido, a lo largo del camino, quién es Dios. Un corazón atento no espera únicamente la respuesta para agradecer: aprende a reconocer Su presencia mientras espera.

La alabanza no es solamente una experiencia individual; cuando uno recuerda la fidelidad de Dios, puede fortalecer la fe de otro, y cuando la congregación levanta su voz, el que está débil encuentra razones para volver a mirar hacia arriba. Nuestro Padre amado ha estado presente en cada etapa: sostuvo en la angustia, corrigió en el desvío, restauró en la caída, proveyó en la necesidad y permaneció fiel durante la espera. Por eso el libro termina donde debe terminar: no con la exaltación del hombre que atravesó el camino, sino con la exaltación del Dios que lo acompañó durante todo el camino. “Todo lo que respira alabe a JAH.” Mientras esperamos fielmente el glorioso retorno de nuestro Señor Jesucristo, seguimos velando, permaneciendo firmes y haciendo todas las cosas en amor, pero con un corazón que ya aprendió algo esencial: la alabanza no es solamente la respuesta después de la victoria; también es una manera de permanecer firmes mientras todavía estamos caminando hacia ella.

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