Sábado 15 Agosto 2026
Salmos 139
LECTURA DIARIA


SALMOS 139:1-10, 13-14, 16-17, 23-24
Oh Jehová, tú me has examinado y conocido. Tú has conocido mi sentarme y mi levantarme; Has entendido desde lejos mis pensamientos. Has escudriñado mi andar y mi reposo, Y todos mis caminos te son conocidos. Pues aún no está la palabra en mi lengua, Y he aquí, oh Jehová, tú la sabes toda. Detrás y delante me rodeaste, Y sobre mí pusiste tu mano. Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; Alto es, no lo puedo comprender. ¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia? Si subiere a los cielos, allí estás tú; Y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. Si tomare las alas del alba Y habitare en el extremo del mar, Aun allí me guiará tu mano, Y me asirá tu diestra.
Porque tú formaste mis entrañas; Tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; Estoy maravillado, Y mi alma lo sabe muy bien.
Mi embrión vieron tus ojos, Y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas Que fueron luego formadas, Sin faltar una de ellas. ¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos! ¡Cuán grande es la suma de ellos!
Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.
Salmo 139 nos conduce al lugar donde ya no podemos escondernos detrás de las apariencias, porque David contempla a un Dios que conoce completamente su vida: «Tú me has examinado y conocido». En la mentalidad hebrea, conocer no era simplemente tener información acerca de alguien, sino conocer profundamente su camino, sus pensamientos, sus intenciones y su manera de vivir; por eso David no está hablando de un Dios que observa desde lejos, sino de un Padre amado que conoce al ser humano desde lo más profundo y aun así permanece cerca. David utiliza un hermoso paralelismo al presentar extremos opuestos: sentarse y levantarse, salir y entrar, delante y detrás, arriba y abajo, oscuridad y luz; ningún extremo de la experiencia humana queda fuera de Su presencia. David incluso afirma que si subiera a los cielos, allí estaría Dios; si descendiera a lo profundo, también allí estaría Su mano. Y aquí aparece una verdad poderosa: la distancia nunca es suficiente para escapar de Su presencia, y la oscuridad nunca es suficiente para ocultarnos de Sus ojos. Luego David retrocede hasta el vientre materno y reconoce que Dios conocía su vida antes de que pudiera ser vista por los hombres; en el pensamiento oriental, el vientre materno evocaba el lugar oculto donde la vida se formaba en secreto, mostrando que aquello que todavía no era visible para otros ya era plenamente conocido por Dios. Esto nos recuerda que lo invisible no significa inexistente, y lo que todavía está en proceso no significa que Dios haya dejado de obrar. Pero el salmo no termina solamente con consuelo: termina con una petición profundamente madura: «Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno». David pasa de ser conocido por Dios a permitir que Dios examine su interior. Para el Cuerpo de Cristo, aquí hay una aplicación práctica enorme: no basta con saber que Dios conoce nuestro corazón; necesitamos tener la humildad de permitir que Su Palabra revele aquello que nosotros mismos quizá no queremos reconocer. ¿Hay alguna actitud que necesitamos entregar? ¿Algún pensamiento que necesita ser renovado? ¿Alguna herida, temor, orgullo o deseo de controlar que está comenzando a dirigir nuestros pasos? En este caminar de agosto, avanzar con constancia también significa permitir que Dios nos transforme desde adentro mientras seguimos caminando hacia adelante. No todo lo que Dios está haciendo en nosotros es visible inmediatamente, pero podemos confiar porque Él conoce el proceso completo. Mientras corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, permanezcamos velando, firmes en la fe, esforzándonos y haciendo todas las cosas con amor, recordemos que no caminamos solos ni somos desconocidos para Dios: Él conoce nuestro pasado, está presente en nuestro hoy y ya ve aquello que todavía estamos llegando a ser. Por eso podemos avanzar sin máscaras, con humildad y confianza, dejando que nuestro Padre amado examine nuestro corazón, renueve nuestra mente y dirija nuestros pasos, hasta el glorioso retorno de nuestro Señor Jesucristo.
Salmos 139 nos recuerda que Dios conoce completamente nuestra vida: nuestro sentarnos, levantarnos, pensamientos, caminos e intenciones (Salmos 139:1-3). Por eso podemos acercarnos sin máscaras y orar: «Examíname, oh Dios» (Salmos 139:23-24), permitiendo que Su Palabra renueve nuestra mente y transforme nuestra manera de vivir (Romanos 12:2). Y cuando todavía no veamos todo el fruto, recordemos que «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús»
(Filipenses 1:6).
La pregunta es sencilla: si Dios conoce tan profundamente nuestro corazón, ¿estamos dispuestos a dejar que Él transforme aquello que solo Él puede ver? Sigamos caminando con paciencia, puestos los ojos en Jesús, confiando en que Él no abandona Su obra.
