Sábado 28 Marzo 2026
Salmos 73
LECTURA DIARIA


Salmos 73:2-3, 16-17, 22-26, 28
En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; Por poco resbalaron mis pasos. Porque tuve envidia de los arrogantes, Viendo la prosperidad de los impíos.
Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí, Hasta que entrando en el santuario de Dios, Comprendí el fin de ellos.
Tan torpe era yo, que no entendía; Era como una bestia delante de ti. Con todo, yo siempre estuve contigo; Me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo, Y después me recibirás en gloria. ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen; Mas la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre.
Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, Para contar todas tus obras.
En Salmos 73 vemos una lucha muy real del corazón humano: el salmista (Asaf) comienza observando cómo los impíos parecen prosperar mientras los justos atraviesan dificultades. En la mentalidad oriental, la prosperidad visible era muchas veces interpretada como señal de bendición, lo que hacía aún más fuerte esta confusión interna. Su corazón casi se desvía, porque empezó a mirar las circunstancias en lugar de mirar a nuestro Padre amado. Pero todo cambia cuando entra en la presencia de Dios; allí su perspectiva es alineada, entendiendo que lo temporal no define lo eterno y que el verdadero bien no es lo material, sino la cercanía con Dios. Este salmo nos enseña que la firmeza no es ausencia de preguntas, sino volver a centrar el corazón en Dios cuando la mente se quiere desviar. Cuando dejamos de *compararnos, de mirar lo externo y volvemos a la presencia de nuestro Padre, recuperamos claridad, paz y dirección.
Salmos 73 nos confronta con algo muy actual: no compares tu proceso con el de otros. Aunque a veces parezca que otros avanzan más rápido o sin dificultades, tu enfoque debe mantenerse en nuestro Padre amado. Si sientes que tu corazón se está inclinando a la duda o a la frustración, vuelve a Su presencia; allí todo se ordena. Permanece vigilante en lo que piensas y sientes, y decide afirmar tu fe, no en lo que ves, sino en quién es Dios. Porque cuando Él es tu centro, tu corazón se mantiene firme, y entiendes que tu mayor riqueza no es lo que tienes, sino a quién tienes.
