Viernes 31 Julio 2026

Romanos 16

LECTURA DIARIA

ROMANOS 16:1-5, 16-17, 19-20, 25-27

Os recomiendo además nuestra hermana Febe, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo. Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús, que expusieron su vida por mí; a los cuales no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles. Saludad también a la iglesia de su casa. Saludad a Epeneto, amado mío, que es el primer fruto de Acaya para Cristo.

Saludaos los unos a los otros con ósculo santo. Os saludan todas las iglesias de Cristo. Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos.

Porque vuestra obediencia ha venido a ser notoria a todos, así que me gozo de vosotros; pero quiero que seáis sabios para el bien, e ingenuos para el mal. Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies. La gracia de nuestro Señor Jesucristo sea con vosotros.

Y al que puede confirmaros según mi evangelio y la predicación de Jesucristo, según la revelación del misterio que se ha mantenido oculto desde tiempos eternos, pero que ha sido manifestado ahora, y que por las Escrituras de los profetas, según el mandamiento del Dios eterno, se ha dado a conocer a todas las gentes para que obedezcan a la fe, al único y sabio Dios, sea gloria mediante Jesucristo para siempre. Amén.

Romanos 16 nos abre una ventana al corazón de la Iglesia que Cristo está formando: una familia donde nadie es insignificante y donde cada vida entregada al Señor tiene un valor eterno. Lo que parece una simple lista de nombres se convierte en una declaración del amor de Dios por cada uno de Sus hijos. Pablo menciona a hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, matrimonios, familias enteras y creyentes que abrían las puertas de sus hogares para que la Palabra de Dios siguiera avanzando. En el pensamiento oriental, pronunciar el nombre de una persona delante de la comunidad era reconocer públicamente su fidelidad, su testimonio y el lugar que ocupaba dentro de la familia de Dios. Ninguno había servido de la misma manera, pero todos habían sido igualmente importantes; unos sembraban, otros cuidaban, otros consolaban, otros enseñaban y otros sufrían por causa de Cristo, pero era el mismo Señor quien daba valor a cada servicio. Así, mientras Pablo honra a quienes permanecieron fieles, también exhorta al Cuerpo de Cristo a mantenerse vigilante frente a todo aquello que pueda sembrar división o apartarlo de la verdad, porque el adversario busca separar, mientras que el Espíritu Santo siempre conduce a la unidad. El capítulo concluye levantando la mirada hacia Dios, recordándonos que es Él quien sostiene, afirma y perfecciona a Su Iglesia hasta el día en que Cristo regrese.

Nuestro Padre amado conoce nuestro nombre, ve las oraciones que nadie escucha, el servicio que pocos reconocen, las lágrimas derramadas en secreto y la fidelidad que muchas veces pasa desapercibida para los hombres. Mientras aguardamos fielmente el retorno de Cristo Jesús, permanezcamos velando, firmes en la fe, fortalecidos en la gracia y haciendo todas las cosas con amor cuidándonos unos a otros, honrando el servicio de nuestros hermanos y preservando la unidad que Cristo compró con Su sangre. Porque una Iglesia donde cada miembro ama, sirve, anima y permanece fiel revela al mundo que Cristo Jesús sigue viviendo en nosotros y que nuestro ministerio se edifica cada día con corazones sencillos que, aunque quizá nunca sean conocidos por la tierra, son perfectamente conocidos y profundamente amados por Dios.

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