Viernes 8 Mayo 2026
Hechos 9
LECTURA DIARIA


HECHOS 9:1-3, 5-6, 10, 15, 17-18, 20
Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote, y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los trajese presos a Jerusalén. Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, repentinamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;
Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.
Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor.
El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel;
Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.
En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que este era el Hijo de Dios.
En Hechos 9 no vemos simplemente la conversión de Saulo de Tarso; vemos el choque entre una vida sostenida por convicciones humanas y una vida rendida a la verdad de Cristo Jesús. Saulo tenía conocimiento, disciplina y celo, pero estaba caminando en una dirección equivocada creyendo que hacía lo correcto. En el pensamiento oriental, el “camino” representa la totalidad de la vida: pensamientos, decisiones, identidad y propósito. Por eso Cristo Jesús no solo detiene a Saulo, sino que confronta su entendimiento. La luz del cielo no vino a humillarlo, sino a revelar lo que él no podía ver por sí mismo: que se puede tener mucha religión y aun así no conocer verdaderamente el corazón de Dios.
La ceguera temporal de Saulo es profundamente simbólica. Él conocía letras, leyes y tradiciones, pero necesitaba que su mente fuera renovada para poder ver desde la verdad y no desde orgullo espiritual. Y aquí aparece algo hermoso: nuestro Padre amado no abandona a Saulo en el suelo confundido; le da dirección, le habla y lo guía paso a paso. Luego entra Ananías, no como alguien “utilizado”, sino como un hijo obediente y sensible, que participa en el propósito de Dios desde una relación viva con Él. Dios no trata a sus hijos como herramientas sin valor; Él forma, guía, transforma y permite que participemos conscientemente en lo que está haciendo. Ananías tuvo temor, preguntó, escuchó y obedeció; eso es relación.
Cuando Saulo recupera la vista, no solo vuelve a ver físicamente: cambia completamente su perspectiva. Antes perseguía vidas; ahora comienza a levantarlas. Antes defendía sistemas; ahora anuncia a Cristo Jesús. Esto revela algo demasiado práctico para nosotros hoy: una persona puede amar a Dios sinceramente y aun así necesitar que ciertas áreas de su pensamiento sean confrontadas y renovadas. Por eso la transformación verdadera no es emocional solamente; es una renovación profunda de mente, intención y dirección.
Velar es revisar constantemente desde qué motivación hacemos las cosas.
Estar firmes no significa creer que ya lo sabemos todo, sino permanecer enseñables delante de nuestro Padre amado.
Esforzarse en amor es tratar a otros con gracia, entendiendo que Dios también está trabajando procesos en ellos.
Hay cegueras que no son físicas: orgullo, religiosidad, autosuficiencia, dureza del corazón.
Un encuentro real con Cristo Jesús cambia la manera de pensar, hablar, reaccionar y vivir.
Nuestro Padre amado no está buscando perfección religiosa; está formando hijos con el corazón dispuesto a ser transformado. A veces el mayor milagro no es que cambie una circunstancia, sino que cambie nuestra manera de ver. Porque cuando Cristo Jesús abre los ojos del entendimiento, la vida deja de girar alrededor del orgullo, la apariencia o el temor, y comienza a caminar firme, consciente y esforzada en amor.
